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¡Dueño de ti mismo!

El obstáculo más importante que el ser humano debe superar para alcanzar las metas y el estado que pretende para su vida se encuentra en su interior. No existe prueba más grande, no hay enemigo con mayor poder.

El ser humano ha demostrado inagotable capacidad para dominar la naturaleza, para imponerse sobre la enfermedad, para atacar la pobreza, para desafiar las distancias que nos separan de los cuerpos celestes, para mejorar la calidad de la vida en el planeta y para entender los secretos diminutos que se esconden tras partículas sub atómicas. Ha demostrado capacidad y poder para doblegar las adversidades que se le presentan, para conquistar fronteras y develar misterios. Sin embargo sigue siendo pequeño, incapaz y carente para dominarse a sí mismo, para imponerse sobre su naturaleza caída, para atacar su pobreza de espíritu, para desafiar la distancia que lo separa de la magnanimidad, para mejorar la calidad de su propia vida y para entender los valiosos secretos que esconden los detalles y los momentos fugaces. Ha demostrado carecer de capacidad para doblegarse a sí mismo y alcanzar genuina paz.

El ser humano ha tomado potestad y patrimonio sobre su entorno, pero aún le cuesta mucho ser dueño de sí mismo. Y por ello sigue siendo un ser incompleto. Un gigante con pies de barro que coloca el reino que ha construido en riesgo de implosión.

A pesar de toda la capacidad y el poder que exhibe, el ser humano es en realidad una de las criaturas más vulnerables que habita el planeta. A diferencia de otras especies, durante un tiempo muy largo de su vida es un ser completamente dependiente de la ayuda de los demás, un ser expuesto a las variables de su entorno, con escasos recursos para enfrentar y moldear su ambiente más próximo. Pasa una cuarta parte de su vida sometido a la influencia externa y otro tanto tratando de establecer su identidad y su sentido de pertenencia. De niño se sujeta al criterio que sus mayores tienen para formarlo y cuando es joven a los formatos conceptuales que la sociedad le imprime para continuar su desarrollo. En la etapa primera de su “independencia” pone a prueba el carácter de la formación que ha recibido y experimenta con ella, sondeando tímidamente la realidad que lo rodea y que apenas comienza a conocer. En todo ello consume al menos una buena parte de su vida sobre la tierra.

En la etapa de completa “exposición” ante los factores de su entorno, el ser humano desarrolla su carácter y su personalidad como producto de la influencia que tiene (la familia, las instituciones educativas). En la etapa en la que trata de definir su identidad y su pertenencia en el entorno, desarrolla su vida en función de aquello en lo que se ha convertido, o se dirá con mayor propiedad: aquello en lo que lo han convertido, porque finalmente llega a la etapa primera de su independencia como un producto programado por otros.

Desde la niñez hasta la temprana juventud no tiene la posibilidad de evaluarse a sí mismo con referencia a nada, no tiene la capacidad (y sobre todo la necesidad) de hacer ningún tipo de introspección, puede ser en efecto un “producto” bien formado y orientado, o no serlo, pero ello en nada lo afecta y en nada le aprovecha. Es a partir del momento en que se desenvuelve con cierta independencia cuando comienza el viaje de ésa evaluación que concluirá por ser el factor que determine el resultado final de su existencia. ¿Cuánto tiempo de su vida transcurre en este proceso? ¿20, 30, 40 años? Si bien es difícil determinar la precisión cronológica, en realidad es fácil establecer que todo ese periodo solo puede definirse como uno de Inconsciencia. Remedio para ello no existe, es un problema asociado a la especie. Durante muchos años de su vida el ser humano está simplemente inhabilitado para ser dueño de sí mismo. La posibilidad que esto ocurra se activa solo a partir de las primeras experiencias de vida independiente y de cómo éstas condicionen su forma de pensar y de entender su realidad.

Los parámetros referenciales ante los cuales el ser humano se evalúa a si mismo están relacionados a los resultados que alcanzan sus actos de vida, a la satisfacción, tranquilidad y beneficio que en ellos encuentra desde el íntimo rincón de su propio punto de vista y desde el espacio vasto que constituyen “los demás”. Solo cuando actúa por su propia voluntad, en sujeción a su criterio personal, está ejerciendo un rol concreto en la vida y puede iniciar ése proceso de “medirse” a sí mismo.

Identificar los aspectos virtuosos del carácter, de la personalidad y de la capacidad general para alcanzar las metas y los rendimientos propuestos no demora mucho. El ser humano se da cuenta temprano de aquello que hace bien y de aquello que le permite destacar. Las falencias son tratadas en esta etapa con benignidad, con el sentido lógico de quién recién experimenta e interactúa con la vida. Estas mismas falencias, los errores, las carencias y lo que ello determina sobre los resultados y el rendimiento, son atribuidos al capricho de las condiciones que plantea el entorno y al comportamiento de los demás. En general, este es el periodo de la “poca culpa”, la etapa del héroe que está conquistando su propia vida, el tiempo de la víctima que debe sus infortunios al azaroso capricho del entorno o a la “deficiencia” de los demás. El ser humano, a estas alturas de su vida, es un producto de reciente “fabricación” y se desenvuelve de acuerdo a la forma en la que fue “programado”: los errores son parte normal del proceso y el origen probable de los mismos demanda poca o ninguna atención.

Este devenir puede durar mucho tiempo (en el caso de muchos, toda la vida). El hecho de asociar problemas, adversidad, carencia, incapacidad de alcanzar objetivos o estados de bienestar a otros factores que no sean externos, llega más tarde; en el punto exacto que debiera llamarse “madurez genuina”. Y es que la madurez no tiene porqué entenderse como un fenómeno cronológico, la madurez debe entenderse siempre como ese punto en el que el ser humano alcanza el conocimiento y la comprensión integral de las cosas que le suceden y las cosas que le rodean, el momento de la interpretación consciente de lo que él es y lo que ello significa en la relación con su entorno, el momento en el que reconoce la incapacidad que yace más allá de las virtudes, la debilidad que se oculta detrás de las fortalezas. Solo a partir de este punto puede enfrentar la posibilidad de una Introspección profunda que eventualmente lo lleve a ser dueño de sí mismo.

Este momento crítico alcanza a todos, en uno o en otro momento de la vida, más temprano a quienes tuvieron que pasar infortunios prematuros, más tarde a quienes gozaron de condiciones externas más benignas o llegaron a la etapa consciente de su vida mejor preparados. Acá el ser humano enfrenta la disyuntiva: ¿Se impone sobre sus circunstancias y alcanza sus objetivos a fuerza de sus virtudes, capacidad y experiencia o lo hace a partir de tratar primero sus defectos, falencias, carencias y debilidades? El primero es un camino para darle batalla al “enemigo externo”, el segundo es un camino orientado a dominar primero al “enemigo interno”.

Hay diferencias cualitativas importantes entre ambos cursos de acción: la lucha contra las condiciones externas sin considerar el aspecto interno demanda un esfuerzo mayor; esencialmente un esfuerzo que no termina nunca; la sensación de victoria es siempre efímera y parcial. Esta lucha consume grandes cantidades de energía, pocas veces garantiza éxito integral y casi nunca proporciona paz y sosiego. Es la historia de millones de seres humanos que luchan sin descanso cada día de la vida, superan adversidades, conquistan objetivos y sueños, pero no alcanzan satisfacción, paz y sensación del deber cumplido.

La lucha sin descanso contra las condiciones externas es parecida a la lucha del Quijote con los molinos de viento. Tiene un curioso sentido en lo inmediato y carece finalmente de significado. El “enemigo externo” nunca es conquistado, solo se renueva, se transforma y se coloca al frente de nuevo. El “guerrero” solo es dueño de estados transitorios y de victorias momentáneas, porque las circunstancias, que se generan y regeneran sin pausa, no pueden tener por dueño a nadie.

Se pueden poseer inmejorables condiciones para conquistar por fuerza las oportunidades y las adversidades que presenta la vida, pero si esta tarea no va precedida de la conquista de uno mismo concluye por ser vana. El ser humano no puede ser dueño de sus circunstancias, pero si puede ser dueño de sí mismo, y al serlo evita constituirse en una víctima permanente de las eventualidades.

La madurez le presenta la oportunidad para que haga una introspección profunda, se cuestione a sí mismo y emprenda la batalla contra ese “enemigo interno” que trae consigo luego de un proceso de formación y desarrollo sobre el que no tuvo control. Esta decisión habilita la posibilidad para que concluya siendo dueño de sí mismo y alcance no solo un conjunto de victorias valiosas, sino también la paz interior.

La batalla del ser humano para ser dueño de sí mismo comienza por TOMAR CONSCIENCIA: de lo que es y de lo que NO es, de lo que tiene y de lo que NO tiene, de sus fortalezas y de sus DEBILIDADES, de sus virtudes y de sus DEFECTOS. De aquello que no es y debiera ser, de aquello que no tiene y podría tener, de las debilidades por superarse y los defectos que no debieran existir.

La Toma de Consciencia es un estado que supera las dudas y los autoengaños, las “justificaciones razonables”, las mentiras benignas, la complacencia y la resignación. Solo cuando el ser humano toma consciencia integral de sí mismo puede actuar contra el enemigo interior. A partir de la Toma de Consciencia comienza la lucha que puede concluir con la victoria interna. Esta lucha puede ser larga y quedar inconclusa, pero el punto que alcance nunca quedará atrás del punto desde el que partió. La Toma de Consciencia es en sí misma la victoria más importante, porque desde allí todo es beneficio, hasta el punto que lo permita el deseo, la voluntad y la fuerza.

Ninguna batalla o victoria contra los “enemigos externos” otorga esa renovación de fuerza permanente que llega con el éxito que se alcanza contra el “enemigo interno”. Superarse a sí mismo supera en el ser humano todo valor que pueda encontrar en victorias de otro tipo. Aquí se forma ese circuito virtuoso de energía, ése sistema de propulsión que puede conducirlo hasta donde no podrá llegar de otra manera.

La Toma de Consciencia es la parte más difícil del proceso, es el paso que la mayoría nunca da. La auto justificación es un enemigo poderoso, encuentra razones con facilidad, halla fundamentos de manera sencilla. “Yo no soy el problema” es un título de gran poder, entre otras cosas porque puede ser completamente cierto. No hay que olvidar que la búsqueda de fallas o defectos en otros siempre tendrá resultado: ¡TODAS las personas tienen fallas y defectos!, y eso provoca que sea fácil vivir justificando lo propio con aquello de los demás.

Tomar la decisión de aceptar la existencia de debilidades y defectos propios no es solo una cuestión de coraje, es una de las medidas más inteligentes que el ser humano puede adoptar en su vida. Por esta vía concluye por destacar con nitidez. De esta manera crece integralmente, más que el promedio de personas que vivirá siempre justificándose por lo que hagan los demás. Tomar Consciencia de lo que es y de lo que no es constituye una ventaja comparativa inigualable en su desenvolvimiento personal y profesional. No existe lucha que pague más que aquella que se emprende contra el enemigo interno, el premio inmediato es una satisfacción que ninguna victoria externa puede igualar, un nivel de energía que no proporciona el entorno, y una sensación final de paz interior y de paz con el mundo.

Una vez producida la Toma de Consciencia, la lucha continúa encaminada por LA RAZON. Esta es la que finalmente “encapsula” cada cosa que debe corregirse o que debe cambiar. Así como toda forma de felicidad es privada, el ser humano solo, en la absoluta intimidad de su consciencia, debe establecer aquello que ha de tratar. La Razón en ello no tiene porqué fallar, especialmente porque toma parte en la tarea después de la Aceptación, aquella que se ha alcanzado a través de la Toma de Consciencia. La Razón particulariza cada elemento que debe tratarse, y a la vez lo contextualiza para identificar causas y efectos. Mientras la Consciencia recuerda, refuerza el mensaje y motiva la respuesta, La Razón evalúa las formas particulares que tomará la acción. La Razón se halla contenida y a la vez impelida por la Consciencia para que se inicien los correctivos y los cambios. Si la Consciencia ha definido el QUÉ, la Razón evalúa el CÓMO. En esto último no existe receta, cada persona define el curso en la medida exacta de sus posibilidades y su potencial. En muchos casos esta parte del proceso tarda en clarificarse, el curso de acción se define luego de complejas evaluaciones, dudas y temores, en el marco de una indispensable intimidad.

A la Razón, que establece el COMO, le sigue la Acción y ésta tiene como elemento de sustento LA VOLUNTAD. ¡Bien se dice que las guerras se ganan por medio de la Voluntad! La Consciencia contiene, la Razón orienta y la Voluntad es la que permite llevar el proceso hasta la victoria.

La debilidad más importante que tiene La Voluntad es su desgaste. La frase “fuerza de voluntad” está asociada a un determinado nivel de energía. Todos los seres humanos tienen Voluntad, sin ella no es posible entender ningún tipo de acción, sin embargo el hecho radica en que la Voluntad se dinamiza con diversos tipos y niveles de energía, dependiendo de aquello en lo que esté aplicado. Generalmente existe mayor Voluntad para la acción que represente menores niveles de dificultad y satisfacción alta y menor Voluntad para la que implique alta dificultad y poca satisfacción inmediata.

En la batalla que se emprende contra el “enemigo interno”, la energía vinculada a la Voluntad para vencer es el factor más precioso y delicado. La fórmula recomendada para garantizar el suceso se encuentra en la administración gradual de los objetivos y del esfuerzo. Como quedó establecido, la energía que produce la “victoria” en la batalla que se sostiene con el “enemigo interno” es muy alta; y ella es la que se debe aprovechar para llevar a buen fin la campaña. Esta “victoria” tiene que repetirse muchas veces, hasta que se consiga el propósito mayor. Por ello el propio objetivo debe fragmentarse inteligentemente. En pocas ocasiones está mejor aplicada la premisa de que Éxito se escribe con “e” minúscula, porque son los pequeños logros los que deben fundamentar el cumplimiento de la tarea. La entereza de la Voluntad en la campaña no está garantizada por la calidad del premio, más bien por el agregado que generan muchos logros menores pero significativos. La lucha del ser humano consigo mismo dura una vida entera sin que se llegue a la meta, por ello es la propia caminata la que debe constituir el objetivo. Es cierto que la consciencia contiene y motiva, pero sin retroalimentación positiva concluye por ceder. De allí la importancia fundamental de la Voluntad sólida para sostener el proceso.

Finalmente, la campaña que se inicia con la Toma de Consciencia y alcanza “éxitos” progresivos a partir de La Razón que la orienta y La Voluntad que la sostiene, debe concluir en cada caso con LA CELEBRACION.

La Celebración merece un apartado importante. Y no necesariamente porque emerja como producto natural de una dura batalla, sino como muestra indispensable de la benignidad que el ser humano se debe a sí mismo, porque así como naturalmente propende a ser benigno con sus errores y defectos, así con mayor propiedad debe serlo con sus aciertos y logros. Este último, un acto de benignidad que brilla bajo la luz, siendo aquel un acto oculto entre las sombras de la culpa.

La Celebración tiene también un efecto poderoso sobre el temor, sobre el miedo, esos peligrosos pasajeros que acompañan infaltablemente el proceso. Los actos de Celebración alimentan el coraje, lo fortalecen; consolidan las premisas sobre las que se fundamenta la consciencia y constituyen eficaz vacuna contra los fracasos que esperan en el camino.

La Celebración es el galardón del guerrero, es su justo premio, es el canto a la victoria. Así como nada puede impedir que la vida lo espere en cada trecho con sus tragos de amargura, nada debiera impedir que celebre ruidosamente las victorias. Este es el sano desafío que el ser humano le lanza a la vida, el puño cerrado que esgrime ante la cara impasible de las circunstancias y el rostro severo de la adversidad.

Sin la presencia efectiva de la Celebración se podrá decir que un buen guerrero no es que el triunfa siempre, sino el que vuelve sin miedo a la batalla, pero con la Celebración de por medio deberá decirse que el mejor guerrero no es el que triunfa siempre, sino el que vuelve contento a la batalla. Y en esto existe una diferencia sustancial, porque tratándose la vida de una batalla que solo termina con la muerte, la ausencia de miedo no compensa el viaje tanto como el hecho de realizarlo con contento.

Quien no es Dueño de sí mismo no puede considerarse dueño de nada, apenas sí, alguien a quien la vida otorga el título de Inquilino fugaz.

DATOS DEL AUTOR.-

Carlos Eduardo Nava Condarco, natural de Bolivia, reside en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, es Administrador de Empresas y Empresario. Actualmente se desempeña como Gerente de su Empresa, Consultor de Estrategia de Negocios y Desarrollo Personal, escritor y Coach de Emprendedores.

Autor del libro: “Emprender es una forma de Vida. Desarrollo de la Conciencia Emprendedora”

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