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Todo empresario es emprendedor, pero no todo emprendedor es empresario

¿Qué es el emprendedor?

Se denomina emprendedor o emprendedora a aquella persona que enfrenta con resolución acciones difíciles.1 En economía, negocios, finanzas, etc, tiene el sentido más específico de ser aquel individuo que está dispuesto a asumir un riesgo económico. Desde este punto de vista el término se refiere a quien identifica una oportunidad y organiza los recursos necesarios para ponerla en marcha.

Es habitual emplear este término para designar a una «persona que crea una empresa» o que encuentra una oportunidad de negocio, o a alguien quien empieza un proyecto por su propia iniciativa. Se ha sugerido que el “ser emprendedor” es una de las cualidades esenciales de un empresario u hombre de negocios, junto a la de innovación y organización.

Las investigaciones de percepciones describen al emprendedor con términos como innovador, flexible, dinámico, capaz de asumir riesgos, creativo y orientado al crecimiento. La prensa popular, por otra parte, a menudo define el término como la capacidad de iniciar y operar empresas nuevas.

Conclusión

Emprender es probablemente una de las formas de trabajo más enriquecedoras y satisfactorias que pueden elegirse. Emprender, en los tiempos que corren, requiere muchas más habilidades que las que requería hace 20 o 30 años.

Función emprendedora y función empresarial

Uno de los aspectos más etéreos y, al mismo tiempo, más importantes que aporta la teoría económica austriaca es todo lo relacionado con la función de emprendimiento del empresario. Es dicha función la que explica la dinámica de la economía, la que hace que el mundo avance hacia ese equilibrio inalcanzable (salvo para los teóricos neoclásicos).

El emprendedor está alerta ante las oportunidades que se presentan en el mercado. Estas se muestran a través de unas poderosas señales, los precios. Allí donde el emprendedor cree ver un desfase de precios entre los recursos y sus usos, se vislumbra y se puede explotar una oportunidad de negocio. En un entorno de incertidumbre, el emprendedor puede equivocarse en sus presunciones.

Si acierta, la implicación es que ha encontrado un mejor uso para el recurso hasta entonces infravalorado, y el mercado le premia con beneficios que, como bien sabemos, tienen una vida efímera. Si falla, ha malgastado ese recurso, y no le queda más que soportar las pérdidas de su fallida actuación, de forma que el mercado le está diciendo que no el uso del recurso de la forma propuesta era ineficiente.

Siguiendo a Kirzner, y desde un punto de vista de teoría económica, podemos diferenciar entre dos dimensiones del hombre: la de «maximizador» y la de «emprendedor». La primera es capaz de seleccionar los cursos de acción, en el contexto de unos medios determinados, que le aseguran el cumplimiento de tantos objetivos como sea posible. Es como una calculadora humana, capaz de encontrar la solución implícita en un sistema de objetivos y recursos.

La dimensión de emprendedor es la que permite al ser humano la propia percepción del marco de medios y recursos, que constituye el punto de partida para la maximización. Esta es la parte creativa y activa del ser humano, la verdadera parte humana y rica del individuo.

Hay mucha gente que duda de la capacidad de emprendimiento del ser humano. Por supuesto, los más prominentes son la gran masa de economistas neoclásicos, que directamente eliminan esta dimensión de sus modelos económicos. Los seres que pululan por la economía neoclásica, los individuos racionales de estos modelos, han perdido toda su humanidad y se limitan a hacer cálculos a la perfección.

Pero no solo ellos. Después de todo, dicen, mucha gente actúa como ovejas, por mera imitación, y no son capaces de innovar. La prueba puede encontrarse en que hay realmente pocos empresarios, para los que cabría esperar en un mundo lleno de emprendedores, como postula Kirzner.

Y llegamos al punto que me interesa destacar: todo el mundo tiene capacidad de emprendimiento, pero no todo el mundo es capaz de asumir los riesgos de la función empresarial, con sus posibles pérdidas asociadas. Por ello, interesa distinguir entre función emprendedora (entrepreneurship, término usado por los economistas austriacos) y la función empresarial (mediante la que esa idea se lleva a la práctica con el objetivo de obtener beneficios económicos).

La función emprendedora se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida, no solo cuando se trata de ganar dinero. Por ejemplo, si yo sé que el camino por el que voy al trabajo suele estar atascado, mi función emprendedora me puede llevar a intentar una ruta alternativa nueva. Esto es tan innovador como un nuevo servicio de internet, pero no me supone un riesgo apreciable. De la misma forma, en un partido de fútbol en el que constantemente el defensa aborta nuestros regates, trataremos de utilizar otra técnica para sobrepasarle. Una vez más, ejercemos la función emprendedora.

Los ejemplos son innumerables, y sería muy difícil encontrar una persona que no haya utilizado su capacidad emprendedora, no ya en su vida, sino en las últimas 24 horas.

Esta función emprendedora es la que, eventualmente, se puede convertir en función empresarial. Pero para ello son necesarios otras muchas condiciones, externas normalmente al individuo: condiciones culturales, institucionales, de acceso al crédito…

Los españoles no son menos creativos que los americanos, pero a lo mejor están inmersos en una sociedad que obstaculiza la función empresarial. De la misma forma, la incorporación de millones de personas (China, India) a los mercados globales supone la explosión de la capacidad emprendedora y eventualmente de la empresarial, a poco que las condiciones en dichos países lo permitan. Y eso sólo puede traducirse a una mayor eficiencia en la utilización de los recursos para la sociedad.

Innovar es la principal motivación de los nuevos emprendedores

Les mueve la ambición, pero el dinero ya no es la finalidad de sus negocios

Los nuevos emprendedores están más interesados en innovar y en tener una experiencia gratificante al frente de sus empresas que en ganar dinero. A esa conclusión ha llegado un estudio llevado a cabo por Shell Livewire, mediante el cual trataban de saber cómo son los emprendedores del siglo XXI en comparación con los de los años 80. Además, y aunque les sigue moviendo la ambición, se consideran socialmente más reconocidos, desvinculan su actividad de la palabra “riesgo” y creen que tener una empresa es la vía para alcanzar otros valores vitales.

Los emprendedores de la primera década del siglo XXI serían irreconocibles para los emprendedores de los años 80 según una encuesta de Shell Livewire. La encuesta, que contenía más de sesenta preguntas, fue contestada online por 863 empresarios británicos, el 56% eran hombres y 44% mujeres.

El 86% de los encuestados que dirigían su propio negocio se definirían a ellos mismos como “emprendedores”. Pero mientras que el 97% veía esa etiqueta como neutral o positiva, el 84% la consideraba completamente positiva.

También sentían que eran más apreciados socialmente que los emprendedores de hace treinta años. Así lo expresó el 60% de los que respondieron, mientras que el 65% creían que en la actualidad tenían mejor imagen que en los años del boom de Internet.

Además, el dinero no es ya el principal motivo por el que deciden montar su propio negocio. Sólo el 50% de los encuestados por Shell Livewire dijeron que el dinero era su prioridad. Al 63%, sin embargo, les motivaba llevar a cabo un proyecto innovador.

Opción vital

Otra de las cosas que caracterizan a los emprendedores de hoy es que se sienten parte de lo establecido, es decir, no ven que tener un negocio propio les convierta en inconformistas o en héroes, como ocurría hace treinta años. Para ellos, ser empresarios es algo respetable y una opción vital.

Según la encuesta, la cultura empresarial de los años ochenta estaba más vinculada al riesgo y a atesorar la mayor cantidad de dinero posible. Hoy, ser emprendedor se concibe como una vía para conseguir otros valores, como la creatividad, trabajar con equipos dinámicos o disfrutar de una cultura corporativa acorde con sus intereses.

En concreto, la palabra riesgo ya no forma parte de los emprendedores actuales. Preguntados por las palabras que les definirían, sólo el 3% eligieron “riesgo”. La palabra más usada fue “ambición” (86%), seguida de “visión” (85%), “habilidad” para aprovechar las oportunidades (85%) y “creatividad e innovación” (81%)

La ambición ya no es una premisa ni un fin en sí misma. El emprendedor del siglo XXI elige hasta dónde quiere llegar y cómo sostener el tipo de vida particular que quiere llevar.

¿Cuáles son las principales dificultades que tiene que enfrentar el emprendedor cuando comienza un nuevo proyecto?

El mayor problema aquí y en cualquier parte del mundo es obtener capital de riesgo. Por otra parte, otro error que cometen los emprendedores es tratar de hacer todo ellos mismos y abarcar todas las áreas. Lo que necesitan hacer es evaluar cuál es el valor que ellos pueden agregar. Por ejemplo, pueden ir a una gran compañía y decir «quiero vender sus productos» y así coordinar una relación de representación. O podrían ir a otra empresa y decir «quiero que ustedes manufacturen mi producto y yo me encargo de vender y armar los canales de distribución». Su valor agregado, entonces, es una parte del proceso, no todo el proceso y, por ende, sólo necesita capital para armar esa parte.

¿Y qué hace un emprendedor para seguir adelante cuando aún no tiene credibilidad, prestigio, ni poder financiero?

E.D.- Pues hipoteca la casa, que es lo que hemos tenido que hacer muchos. Se debería tener al emprendedor entre algodones… Hay que generar la vocación entre los niños. Idealmente, un emprendedor debería tener el sueldo garantizado durante cinco años, pero la realidad es que aquí te hacen caso cuando estás dispuesto a hipotecar tu patrimonio; entonces, quizá alguna entidad financiera te haga caso… Para ser emprendedor, por lo tanto, hay que tener un punto de inconsciencia.

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